Y para qué la vida. No sé exactamente cuántas veces me he hecho esa pregunta a mí misma. También es verdad que la he oído de diferentes personas en varios contextos; por ejemplo, algunos familiares, amigos y pacientes me han llegado a decir “Anilú, pero por qué vivo, por qué esta vida, por qué vivimos, por qué estoy aquí” y más. Si bien es cierto, cada quien se la formula a su manera y teniendo en cuenta sus circunstancias y su propia historia, hay una especie de tendencia (por poner un nombre) a que esa pregunta uno se la haga con una cuota de desesperanza. Sin embargo, esa cuota de desesperanza es precisamente una de las herramientas para poder entrar en ese modo reflexivo-analítico fuera del movimiento abrupto en el que solemos estar rodeados y de esos ruidos externos que tenemos a diario. Y es aquí cuando la bendita pregunta “por qué vivo” comienza a dar indicios de que no sólo uno necesita o quiere una explicación (biológica, física, científica, racional, o como se le quiera llamar) de cómo es que estamos aquí, sino que hay algo más allá del porqué estamos aquí y es allí en donde el por qué vivo nos da la oportunidad de poder transformar la pregunta en un para qué vivo, qué sentido tiene mi vida, qué sentido tiene vivir; y en el mejor de los casos, uno se da cuenta que necesita, quiere y/o elige encontrar, crear y/o elaborar un sentido para su vida.

Al hablar sobre este tema, Victor Frankl viene a mi mente como en automático y con él, una de sus célebres frases “el hombre se autorrealiza en la misma medida en que se compromete con el cumplimiento del sentido de su vida”. Cómo me hubiese gustado conocer a este hombre y preguntarle mucho sobre su experiencia y no me refiero sólo a nivel académico, sino a un nivel más personal; es decir, poder conectar con él desde la empatía emocional y ser capaz de entender desde su marco de referencia cómo fue para él tomar conciencia de que había perdido a toda su familia en un campo de concentración, que estaba solo después de haber pasado tanto tiempo prisionero y aún así, seguir viviendo. Y vaya manera de vivir, vaya manera de inspirar y de trascender en el tiempo. Entre muchas cosas, Frankl fue neurólogo, psiquiatra y fundador de la logoterapia; su best seller “El hombre en busca de sentido” es uno de los libros que siempre tengo a la mano y claro, para quienes no lo hayan leído aún, créanme que es un buen momento para empezar a leerlo.

Evidentemente, no tendré la fortuna de conversar con Victor Frankl (murió en 1997), pero sí tuve el enorme privilegio de hablar sobre este tema con José Antonio García Monge. Fue una conversación que marcó mi vida, no sólo en el plano profesional, sino también personal; con su ejemplo pude palpar y sentir desde lo más profundo qué significa estar realmente conectado con tu sentido de vida y a la vez, ser capaz de transmitir amor y sabiduría con una humildad absoluta y es esta misma humildad la que hace grande a José Antonio y por supuesto, si desde antes ya lo admiraba como profesional, después de esta entrevista, no tengo palabras para describir mi admiración, cariño y respeto hacia él por la calidad de ser humano que es. García Monge (así lo conocen y llaman en el gremio de la Psicología) no sólo es Psicólogo Psicoterapeuta, también es Licenciado en Derecho, Filosofía y Teología, tiene valiosos libros, se ha formado en ciudades como Bruselas, Madrid y París. Con gran experiencia laboral no sólo en España, también en China, Nicaragua, El Salvador y más. Desde 1972 viene desempeñándose como docente universitario y así, podría seguir describiendo su interminable trayectoria. Después del encuentro tan bonito que tuvimos en el que conversamos sobre el sentido de vida, pensé (a manera de reflexión): “Ojalá siquiera yo pueda llegar a los 60 años transmitiendo toda esa energía, paz y amor que me transmite él a sus más de 80”. Cuando le conté acerca de Vera Vida y para qué serviría esta conversación, me expresó no sólo su enhorabuena, sino también la alegría que le generaba el poder compartir con más personas parte de lo que para él es algo fundamental en la existencia del ser humano.

José Antonio empezó diciéndome que para él (y quizá para mucha gente) tener un sentido de vida no es considerar la vida como conductas regladas, es mucho mejor tener un hilo conductor que unifique dichas conductas. Este hilo conductor (así es como él le llama) consiste en saber cuáles son los valores relevantes en los que queremos apoyar nuestra existencia. La vida no es sólo cuestión de tiempo, o sucesión de tiempos; para él la vida es una mirada, una integración y un desarrollo, más allá de cualquier tiempo. Para poder elaborar nuestro sentido de vida, la mirada no es sólo hacia lo que hay allá afuera, es algo más profundo, es aprender a mirar hacia dentro, hacia nuestros corazones. No se trata de ver qué hay en la política, en la economía, en el ritmo de vida, en la cultura; se trata esencialmente de mí, cómo YO quiero existir en este planeta humano. Y es en este momento en el que hace referencia a Nietzsche y me dice “quien tiene un porqué para vivir puede asumir casi cualquier cómo”.  Claro, el cómo vivimos la vida depende de muchas variables, tales como enfermedades, edad, economía, país, amigos, soledad y mucho más; sin embargo, ese por/para qué vivir nos hace ser resistentes a una variedad de situaciones. Un sentido de vida debe ser más profundo que los acontecimientos que te desgastan, lo que me construye va más de prisa que lo que me destruye, refiere.

José Antonio afirma que en la vida hay situaciones demoledoras, devastadoras y justamente por ello, ese porqué tiene que estar a prueba de cómos. Para él, el sentido de nuestra vida estará realmente conectado con uno mismo en la medida que es capaz de estar a prueba de acontecimientos que nos van a descolocar de lo pesados que resultan ser. Aquí es muy importante que la persona aprenda a integrar todas esas experiencias; sin embargo, deja claro que la persona no se define por esos acontecimientos, el ser humano no es esas experiencias demoledoras, los acontecimientos son parte de las circunstancias de la persona, sólo eso. Por esta razón, para mi entrevistado estrella, el sentido de vida no puede ser sólo intelectual (yo estoy completamente de acuerdo con ello), el sentido de vida tiene que unir cabeza, corazón y manos. Lo que pienso, lo que siento/amo y lo que hago.

El sentido de la vida es lo más profundo en un ser humano y tiene radicalmente que ver con el amor. Dime cómo amas o a quién amas y cómo es la longitud de onda de tu amor y te diré quién eres, señala José Antonio. Y cuando le pregunté cómo una persona puede llegar a encontrar ese sentido para su vida, me respondió que para ello es fundamental empezar a vivir lo humano que hay en uno, saber de qué cultura vengo, conocer en qué cultura vivo, tener claro qué pasa en el mundo que me afecta a mí y qué huella quiero dejar. Asimismo, afirmó con vehemencia que el sentido de vida debe pasar por el amor, cómo debo amar para que esté a salvo de terremotos emocionales, ideológicos, afectivos y existenciales. Entonces, el amor es una dimensión esencial en el sentido de vida, pero también afirmó que se trata de un amor inteligente, un amor que esté en diálogo con la cabeza y con la realidad (corazón, cabeza y realidad); y con ello es importante saber desde dónde amo, cómo amo, a quién amo y qué amo. El poder entender cómo ese amor construye un tejido de humanidad,  cómo construye valores, cómo da vida a otros y no sólo a mí, genera actitudes sanas y éticamente buenas; puesto que, el amor no sólo es una pasión y aquí textualmente me dijo “hay amores que matan, hay amores sanos e insanos, el amor malo no es amor; el amor siempre es creativo, el amor siempre es fecundo, el amor siempre da vida y no sólo biológicamente hablando”. Y aquí pudimos profundizar un poco más con respecto al tema del amor (porque vaya que es un tema jugoso); sin embargo, en este artículo no me extenderé más al respecto porque en su momento compartiré un documento entero dedicado al tema del amor. Lo que sí puedo señalar ahora es que era tal la emoción y a su vez, la tranquilidad que me transmitía José Antonio al hablar de este tema que podría afirmar que es una de las conversaciones más motivadoras e inspiradoras que he tenido.

Cuando le pregunté a José Antonio si todos los seres humanos tenemos un sentido de vida, me respondió que ojalá todos lo tuviésemos, que sería lo ideal, pero claro lo real difiere de lo ideal. Y si me pongo a pensar en esta realidad en la que vivimos es algo complejo siquiera poder detenernos a pensar en el para qué vivo. Mi flamante invitado me expresó que hoy en día nuestra cultura da grandes muestras de trivialidad y fragilidad, por lo que no todos ni muchísimos menos tienen un sentido de vida y textualmente refirió “somos vividos más que vivimos”; hoy en día, en nuestra sociedad se busca más el poder que el amor y eso ya pronostica un fracaso. Y por supuesto, para muestra tenemos varios botones alrededor del mundo, basta mirar cómo estamos a nivel político (sin necesidad de entrar en otras áreas) para confirmar que es así.

Cuando tocamos el tema de la edad, me comentó que es imposible que un niño tenga un sentido de vida establecido porque se trata de un tema para analizar a profundidad (esto no quita las capacidades reflexivas y analíticas que se pueden ir sembrando desde la niñez); asimismo, en la adolescencia es difícil que se pueda establecer el sentido de vida. Para José Antonio, el ser humano debe ir fraguando su sentido de vida hacia el final de la juventud, específicamente hacia los treinta años. Textualmente refirió “en la entrada de la primera madurez el sentido de la vida debe tener un lugar primordial en la existencia del ser humano”.

En medio de esta profunda y estupenda conversación, José Antonio me contó acerca del trabajo que realizó por muchos años con mujeres que se dedicaban a la prostitución y cómo eso había impactado en su vida. Para él, este mundo es muy triste y pudo presenciar de cerca que muy poquitas mujeres lograban establecer un sentido de vida basado en el amor, ni siquiera el sexo ni el placer le daban sentido a sus vidas. Para ellas, era el dinero lo que marcaba sus horas de trabajo. A grandes rasgos, me puso como ejemplo que en un grupo de terapia de treinta mujeres dedicadas a la prostitución, se ha encontrado con que sólo dos tenían un sentido de vida. Y claro, allí el pudo entender que estas mujeres eran esclavas, no esclavas del sexo, sino de los hombres que las explotaban y utilizaban para conseguir dinero. Asimismo, señaló que sí se puede trabajar con ellas para que puedan comenzar a elaborar su propio sentido; sin embargo es un trabajo arduo, el cual necesita mucho respeto y para lo cual es necesario tener la confianza de estas mujeres como primer paso. Textualmente me dijo “es primordial que ellas tengan claro que vienes para obrar de buena fe, que quieres trabajar con ellas transparentemente y con respeto a su mente, cuerpo y corazón. El diálogo es fundamental, pero también es importante respetar sus silencios y sus espacios. Y claro, es mucho más difícil aún si no se sale del círculo vicioso de la prostitución y sus patrones.”

Definitivamente, fue una entrevista enriquecedora y muy gratificante para mí. Soy una convencida de que se puede trabajar en la elaboración del sentido de la vida, siempre que tengamos herramientas como el autoconocimiento verdadero, la información sobre la realidad externa también es importante; sin embargo, es necesario recordar que la sociedad hoy en día no suministra muchos para/porqués. Ese sentido realmente se debe buscar en lo más profundo del corazón, conectando con uno mismo desde el amor y analizando con la cabeza. Y siempre, será mejor tomar el riesgo de elegir; aunque uno se equivoque o no sea del todo válido; es mejor tener un sentido de vida provisional y luego transformarlo, que no tener ninguno.

4 pensamientos en “¿Y para qué la vida?

  • Teresita

    Gracias Anilú por este bello mensajes, espero seguir leyendo nuevas publicaciones que me ayuden tanto como esta

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  • Wil Alex
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  • Enrique

    Anilú, te felicito por el blog. Excelente tema!, me identifico con lo expresado, donde el sentido de la vida es como un hilo conductor que unifica las conductas y saber cuáles son los valores relevantes en los que queremos apoyar nuestra existencia. Considero que los valores guían nuestras conductas, nuestro camino y fortalece nuestro sentido de vida. Felicitaciones nuevamente!!!, espero con gusto el próximo tema.

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  • Eyamir Quintana

    Muchas felicidades Ana Luicia muchos éxitos

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