Nuestras agendas en Marzo estaban repletas; en mi caso había logrado encajar cada día de la semana para que ninguna actividad quede fuera. Y como en Enero regresé de unas largas vacaciones, Febrero y Marzo serían meses de mucho trabajo y estudio.

Una mañana de esos primeros días del ya agitado Marzo, me informan que se vienen días duros, textualmente: “Anilú, nos tocarán semanas y meses duros, muy duros”. En ese momento levanté la cabeza para mirar a la persona y decirle que sí, que serán semanas de mucho trabajo pero tampoco era para tanto. Cuando me miró, pude percibir que no era exagerado lo que me estaba diciendo. Y allí empezó todo para mí; en otras partes del mundo, ya había comenzado hace algunas semanas.

Comenzamos a revisar estadísticas, escuchábamos con atención a los expertos nacionales e internacionales; y desde nuestro campo (aún desconociendo mucho de lo que recién está saliendo a la luz) comenzamos a actuar. Comenzamos a actuar sin procesar lo que estábamos sintiendo; a día de hoy creo que comenzamos a actuar aún sin creer realmente lo que estaba ocurriendo y mucho menos, sin imaginar siquiera lo que estaría por llegar.

Sabíamos que era importante comenzar a proteger a las personas mayores en nuestro sector, a quienes ya se les consideraba de alto riesgo y la cadena humana que empezó a desplegarse fue realmente asombrosa, muchísimos jóvenes voluntarios se sumaron para evitar que estas personas mayores tengan contacto con el exterior, se les hacía la compra y se las llevábamos a casa, lo mismo con las medicinas y así poder disminuir el riesgo. En paralelo, muchas instituciones educativas (o quizá ya todas, a estas alturas no recuerdo exactamente la secuencia) ya estaban cerradas, lo cual implicaba que los niños se queden en casa y eso era inviable para muchos padres porque tenían que ir a trabajar. Aquí hubo otra muestra de solidaridad conmovedora, jóvenes, vecinos, cuidadoras y más se ofrecieron para apoyar cuidando a los niños; en este caso, el protocolo era distinto por tratarse de menores de edad, y hasta ese momento íbamos mostrando soluciones a la medida de nuestras posibilidades. Y por supuesto, sin asimilar que lo más duro aún no había llegado.

Comenzando la segunda semana de ese agitado Marzo, la misma persona que me dijo que nos tocarían meses muy duros, me dijo que conversemos tomando un café; creo que fue la primera vez que tomé un café sin poder distinguir si estaba frío, tibio o caliente. Presentía que este maravilloso ser humano estaba sufriendo más que yo y las noticias que me daría no eran muy alentadoras, y efectivamente: “Anilú, hay que quedarse en casa ya. Aún no dan la orden de manera oficial pero llegará pronto y es lo mejor. Esto es como un monstruo microscópico que nadie ve pero que pareciera está en todas partes y mientras más gente esté en la calle, más se multiplica; y tú sabes que médicos y enfermeros llevan días de días luchando por salvar cientos de vidas. No tengo palabras para describirte lo que se viene, pero sé que nos van a necesitar enteros y por lo mismo, hay que ir a casa y trabajar desde allí. Anilú, nos necesitan enteros para lo que viene.”

A día de hoy, ha pasado más de una semana desde ese último café; venimos trabajando en equipo de manera virtual y todos coincidimos que la falta de abrazos presenciales ya empieza a calar. Algunos lo han dicho textualmente: “Creo que teníamos que habernos abrazado ese último día, aún sabiendo que no debíamos”. Y así, entre “deberíamos”, “queríamos”, “teníamos” han seguido transcurriendo los días.

Personalmente, ya no cuento los días; para mí y para mi equipo y sé que para muchas personas estos días están transcurriendo entre llamadas y videollamadas con seres humanos sufriendo porque tienen a familiares graves en el hospital y no pueden estar cerca. Ayer una joven de 23 años lloraba porque acababa de perder a su madre por el coronavirus y yo lloraba con ella en el teléfono sintiendo su dolor por tan irreparable pérdida y su frustración por no haber podido despedirse siquiera. Nuestro equipo sabe que seguirán llegando casos así, y ya a los casos de ansiedad y pánico se empiezan a sumar casos de duelos y pérdidas irreparables. Ahora entiendo la frase “nos necesitan enteros.” 

Cuando fui consciente de que la agenda que ya tenía planificada quedaba paralizada y evidentemente me veía obligada a realizar modificaciones, no imaginé que, metafóricamente, ocurriría lo mismo en el mundo. Sigue siendo increíble a todo nivel, sanitario, psicológico, personal, familiar, social, académico, laboral, deportivo, artístico, económico, etc. Y yo sigo (así como miles de personas) sin llegar a asimilar toda esta vorágine.

Vaya paradoja de la vida, o vaya paradoja de los seres humanos; cuántas guerras por ambición y poder, cuántos odios sueltos, cuántas amenazas de políticos que van por el mundo “representándonos”, cuánta indiferencia ante tantas necesidades reales (dentro y fuera de casa, dentro y fuera de mi escuela, dentro y fuera de mi trabajo, dentro y fuera de mi ciudad, dentro y fuera de mi país, etc. etc. etc.). Y a día de hoy, un virus microscópico, aparentemente, nos pone a todos en “jaque”; hace que sintamos el terror de perder a ese ser que tanto amamos, miedo de pensar que podemos tener el coronavirus y ni siquiera presentar síntomas pero sí transmitirlo, hace que nos confinemos en casa con los nuestros cuando antes ni siquiera podíamos desayunar juntos, hace que llamemos a nuestro vecino para preguntarle si está bien cuando antes ni tiempo “teníamos” para detenernos a conversar. Lo más alucinante es que no sólo pasa en Madrid, no sólo pasa en Cataluña, no sólo pasa en Roma, no sólo pasa en Venecia, no sólo pasa en China, no sólo pasa en Estados Unidos, no sólo pasa en Perú; está ocurriendo en el mundo, así en gigante y avanza y va más rápido que la caída de las bolsas mundiales en estos últimos días.

Como ya sabemos, esto ya está dejando secuelas muy grandes, duras, dolorosas y cuánto desearía poder frenar el número de muertes; es algo que evidentemente, no está en mis manos, tengo tan poquitos conocimientos científicos sobre este virus que cada día voy leyendo algo nuevo al respecto, pero lo que sí sé es que este coronavirus está dejando en mí una huella de humanidad inimaginable. Qué importante está siendo la solidaridad de tantos seres en este momento, la empatía emocional, la disciplina, el despliegue de creatividad que se está viendo; es como si el virus a un precio muy alto nos estuviese llevando a ese terreno que hemos dejado de lado por tanto tiempo, a ese encuentro real con uno mismo y con el otro. Y claro, hay lecciones que son muy duras y facturas que nos resultan muy caras.

Antes de subir este escrito, estuve conversando con una persona que se ha vuelto muy importante en mi vida y se encuentra al otro lado del mundo, con quien iba a juntarme en Abril pero dadas las circunstancias y así como va el panorama mundial, sabemos que nuestro encuentro presencial queda postergado hasta nuevo aviso (he leído ´postergado hasta nuevo aviso´ tantas veces en los últimos días que ya se me pegó). Y de esa conversación nos ha quedado un mensaje muy bonito que es el que quiero compartirles, aún sabiendo que se vienen semanas duras. Aunque parezca que no hay explicaciones para esto y que no hay consuelo para lo que está ocurriendo, ojalá podamos llegar a tomar esta “invitación” para amar en otras dimensiones, para amar ya no sólo con el cuerpo, sino también con el alma. Espero que todo este dolor a nivel mundial no nos deje ilesos, que este coronavirus se vaya pero que la transformación de cada uno valga la pena.

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3 pensamientos en “¿Un virus capaz de enlocrecer al mundo?

  • teresitaaltperu@gmail.com

    Gracias por compartir con nosotros tus experiencias,bnos ayudan a reflexionar

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  • Natalia

    Es precioso como tú. En proceso de transformación, amando con el alma… Gracias

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  • Laura Acuña

    Gracias por compartir esto tan íntimo. En esta época donde conectar esta siendo lo viral entre nosotros.

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